Faro Pareja

El costo físico de callar los problemas en mi matrimonio

El costo físico de callar los problemas en mi matrimonio: ansiedad relacional y salud física en Asunción

Hay ayuda que apaga la alarma del cuerpo y hay ayuda que apaga la causa de la alarma. Confundir cuál necesitaba en cada etapa de mi matrimonio me costó más disgustos que la propia pelea que la había encendido. Catorce años de casada me enseñaron esa diferencia en carne propia, con mi ansiedad relacional y mi salud física puestas sobre la mesa de mi propia cocina, en Villa Morra, Asunción.

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Dos formas distintas de responder a la misma alarma

La ansiedad que se dispara por una fecha límite en el trabajo se apaga distinto a la que se dispara por el silencio de tu propio marido. En el primer caso algo externo se resuelve o simplemente pasa; en el segundo, la persona que encendió la alarma sigue durmiendo a tu lado esa misma noche. Con los años aprendí a leer lo que decía mi cuerpo antes de ponerle nombre a lo que sentía por dentro, y esa lectura fue lo que después me permitió distinguir cuándo necesitaba calmar el síntoma y cuándo necesitaba resolver lo que lo producía. Hay apps y ejercicios de respiración que ayudan bastante con la ansiedad de todos los días, pero cuando la fuente del susto duerme en la cama de al lado, la mayoría se queda corta.

Pies descalzos sobre el piso frío de la cocina en Asunción, señal física de la ansiedad relacional en el matrimonio.

Lo que el cuerpo avisa cuando el silencio se hace costumbre en un matrimonio

En mi caso la lista fue larga y no llegó de una sola vez. Primero fue el estómago, que se me cerraba por días enteros después de una pelea silenciosa, esas donde nos ignorábamos sin gritar. Después llegaron las madrugadas: abría los ojos a las tres, sin despertador, con el corazón latiendo como si algo urgente estuviera pasando, cuando en realidad solo estaba mi marido durmiendo dado vuelta, de espaldas a mí. Las manos se me enfriaban en pleno invierno paraguayo aunque adentro de la casa hiciera calor, y el cuello y los hombros se me quedaban duros, como si estuviera cargando algo pesado que nadie más veía.

Hubo una temporada en la que perdía el hilo de lo que estaba haciendo en el trabajo, revisando la misma planilla del calendario escolar tres veces sin registrar un número, y otra en la que el pelo se me caía más de lo normal, algo que noté recién bastante después de que el problema había empezado. Lo más raro es que podía estar casada, con la casa llena de ruido y de hijos, y sentirme completamente sola apenas mi marido cerraba la puerta del dormitorio sin decir nada. A todo esto ahora le puedo poner una palabra, algunas incluso tienen nombre clínico, cosa que yo no sabía al principio; en su momento solo era mi cuerpo actuando raro, y yo sin entender por qué.

Mi compañera de trabajo, Delfina Aquino, apareció un mediodía en la secretaría con chipa caliente que nadie le había pedido, justo en uno de esos días en que yo no podía ni fingir que estaba bien. A veces el cuerpo se afloja un poco solo con que alguien note algo sin preguntar nada.

Vivir en el Distrito 6 tiene esa cosa: parece que ahí todo el mundo anda impecable y que a nadie le pasa nada por dentro, así que durante mucho tiempo yo tampoco lo dije en voz alta.

Fue de a poco que empecé a identificar los síntomas de estrés por problemas de pareja frecuentes, y ponerles nombre fue, para mí, el primer paso, aunque no el único.

Mano de mujer con una app de meditación en el celular, un intento de calmar la ansiedad relacional que no llegaba a la causa.

Hablar con el cura de la parroquia no bajó nada de esto

Probé hablar con el cura de la parroquia una tarde en la que ya no sabía a quién más contarle lo que pasaba en mi casa. Salí de esa charla con más culpa que antes de entrar, no porque él quisiera hacerme sentir mal, sino porque la conversación terminó siendo sobre lo que yo tenía que aguantar y perdonar, y no sobre lo que mi cuerpo llevaba tanto tiempo cargando. No le echo la culpa a él ni a la fe de nadie; simplemente ese no era el tipo de ayuda que mi estómago necesitaba en esos días.

Lo que sí entendí después es que buscar consuelo espiritual y calmar una respuesta física del cuerpo son dos cosas distintas, aunque a veces las mezclamos esperando que una haga el trabajo de la otra.

Eliminar los Síntomas Físicos de la Ansiedad, para cuando el cuerpo todavía está gritando

Cuando el cuerpo está en ese punto, pecho apretado, madrugadas cortadas, el estómago que no afloja, lo que a mí me sirvió no fue un sermón ni una charla espiritual sino un material puntual: Eliminar los Síntomas Físicos de la Ansiedad. Trabaja específicamente la parte corporal de la ansiedad relacional, la opresión en el pecho, los despertares de madrugada, la tensión digestiva, en lugar de tratarla como si fuera solamente un problema de la cabeza. Ojo: no está pensado para una crisis aguda de pánico, y ahí la recomendación es hablar directamente con un profesional de la salud mental, no esperar a que un PDF haga ese trabajo.

Fue ahí también donde aprendí a nombrar lo que antes solo llamaba estar mal: somatización, el cuerpo cargando lo que la boca todavía no dice.

Con el tiempo entendí también cómo reducir el malestar físico por discusiones constantes en casa, que es un paso distinto al de calmar un síntoma puntual: ahí ya estás mirando el patrón completo, no solo el pico de esa tarde.

Soluciona tus conflictos como las parejas extraordinarias, para la etapa siguiente

Una vez que el cuerpo deja de estar en alerta roja todo el tiempo aparece otra pregunta, y ahí el material cambia de naturaleza. El curso Soluciona tus conflictos como las parejas extraordinarias no calma nada en el momento; trabaja la comunicación de pareja y la dinámica del conflicto en sí, con una estructura modular pensada para ir de a una idea por vez, sin abrumar. A mí me sirvió recién cuando ya no se me cerraba el estómago cada vez que mi marido levantaba la voz; antes de eso lo hubiera abandonado a la tercera clase. Tiene partes que no aplico del todo, alguna dinámica pensada para una forma de discutir que no es la nuestra, pero la estructura general sí se quedó.

Tampoco es algo para hacer en secreto: si tu pareja no se suma ni de a poco, buena parte del material se queda sin uso. Y tiene un costo bastante más alto que el material sobre síntomas, algo que vale la pena saber antes de decidir por cuál empezar; no es un gasto para el momento en que el cuerpo todavía está gritando, sino para cuando ya escucha.

Vista de árboles tropicales al atardecer desde una ventana en Villa Morra, Asunción, en otra etapa del matrimonio.

Cuándo calmar el síntoma y cuándo mirar la causa

Si tuviera que resumir la diferencia para otra mujer en mi misma situación, diría esto: cuando el cuerpo está desbordado, pecho, estómago, madrugadas, lo primero es bajar esa alarma, porque nadie piensa bien ni discute bien con el cuerpo a mil revoluciones. Ahí el material sobre síntomas físicos cumple su función. Pero una vez que el cuerpo ya no manda todas las decisiones, si el problema de fondo sigue siendo el mismo silencio o la misma pelea de siempre, ningún ejercicio va a solucionar lo que solo se resuelve mirando a la otra persona y a la relación misma. Ahí es donde un trabajo distinto, como el del curso de conflictos, tiene más sentido. Confundir el orden, empezar por la relación cuando el cuerpo todavía está en alarma, o quedarse para siempre solamente calmando síntomas cuando el problema de fondo sigue intacto, es, me parece, el error más común, y fue exactamente el que yo cometí más de una vez.

Hay quien encuentra que este patrón de alarma repetida viene de una herida más vieja que el propio matrimonio, algo de la infancia que se reactiva con la pareja. No fue el camino que yo profundicé, pero lo menciono porque a otra lectora sí podría hacerle sentido.

Esto suena abstracto hasta que lo notás en un detalle chiquito. Hace poco escuché la voz de mi marido desde la cocina, en medio de una conversación tensa por unos gastos, y no di el salto de siempre: la mandíbula se me quedó floja, sin el sobresalto de antes, como si el cuerpo ya no necesitara prepararse para una guerra. No fue una decisión consciente ni un ejercicio hecho a propósito; fue, simplemente, que en ese momento el cuerpo ya no leyó peligro donde antes leía peligro todo el tiempo.

Una lectora de Luque, Macarena Portillo, me escribió una vez contándome lo que a ella le había funcionado en su propia casa, siempre aclarando que no era garantía para nadie más, y me parece la actitud correcta. Lo que cuento yo acá es lo mismo: un mapa de mi propio matrimonio, no una receta para el tuyo.

Si reconocés algo de esto en tu cuerpo, el pecho, el estómago, las madrugadas, no lo dejes pasar por costumbre. Empezar por calmar lo físico con este material puede ser un primer paso razonable, pero el trabajo de fondo, el de mirar a la persona que tenés al lado, no lo reemplaza nada. Y si notás que la angustia te está ganando la partida, hablá con un profesional de la salud mental antes que con cualquier programa, el mío incluido.

Tenga en cuenta: Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.

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