
Eran pasadas las once de la noche en mi cocina acá en Villa Morra y yo estaba peleando con el botón de un jean que el año pasado me bailaba. Sentía esa opresión en el pecho, la misma que aparece cada vez que mi marido y yo dejamos de hablarnos por días después de una discusión fuerte por su mamá o por los gastos de la casa, y ahí entendí que mi cuerpo estaba avisando algo que mi cabeza todavía no quería aceptar.
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El día que mi pantalón dejó de cerrar
A finales del año pasado, empecé a notar que mi ropa me apretaba de una forma extraña. No era el tipo de peso que ganás por comer mucha chipa o excederte en los asados del domingo. Era una hinchazón pesada, como si mi cuerpo estuviera reteniendo no solo líquido, sino cada palabra que no nos decíamos con mi esposo. Yo trabajo 48 horas semanales, el máximo legal acá en Paraguay, y entre el colegio de los chicos y las planillas de la oficina, pensaba que el cansancio era normal.
Pero el peso subía aunque yo casi no tuviera hambre. Me pasaba meses probando apps de ayuno intermitente y dietas que encontraba en internet, tratando de controlar las calorías como si fueran facturas de la escuela. Lo que no entendía en ese momento es que mi cuerpo no estaba pidiendo menos comida, estaba reaccionando al cortisol de vivir en alerta constante. Cada vez que escuchaba el sonido de la llave de mi marido girando en la cerradura y sentía ese frío repentino que me subía por los brazos, mi metabolismo se frenaba en seco.

El nudo que no me dejaba desayunar
Durante las vacaciones de enero, cuando se supone que uno tiene que estar relajado, la cosa empeoró. Tuvimos una pelea larga, de esas que duran todo el viaje de ida a Encarnación, y se me instaló esa sensación de tener una piedra pesada en la boca del estómago que hacía que hasta el olor del café me diera náuseas. Se me cerraba el estómago por días. No comía casi nada, pero mi panza seguía ahí, dura, inflamada, como un escudo.
Ese es el ciclo tramposo de la ansiedad relacional. El nudo en el estómago me impedía alimentarme bien por dos o tres días, y después, cuando el conflicto se enfriaba un poco sin que realmente hubiéramos solucionado nada, me venía una ansiedad voraz. Comía cualquier cosa por puro cansancio emocional. Mi cuerpo estaba confundido: pasaba de la inanición por estrés al atracón por consuelo.
Empecé a notar que mi salud física se resentía seguido por este estrés. No era solo el peso, era que me sentía débil y a la vez pesada. Entendí que mi cuerpo estaba usando su energía para protegerme de la tensión en casa, no para procesar la comida. Si estás pasando por esto, sabés que no es una cuestión de voluntad, es que el cuerpo está tratando de sobrevivir a un ambiente que siente hostil.

Por qué las dietas genéricas me hacían sentir peor
Hace unos tres meses, después de intentar otra dieta restrictiva que solo me dejó más irritable y con más peleas en la cocina, decidí cambiar el enfoque. Leí por ahí que restringir calorías cuando tenés el cortisol por las nubes es como echarle nafta al fuego. El cuerpo piensa que hay una hambruna además de una guerra matrimonial, y se agarra a cada gramo de grasa con más fuerza.
Ahí fue cuando empecé a priorizar la densidad nutricional sobre el déficit calórico. En vez de no comer, empecé a buscar alimentos que me hicieran sentir que mi cuerpo estaba seguro y nutrido, incluso si mi matrimonio estaba en un momento de vyrorei o de tensión absoluta. Fue un cambio de mentalidad difícil porque siempre nos enseñaron que para bajar de peso hay que sufrir, y yo ya estaba sufriendo bastante con mi relación.
En el calendario escolar paraguayo tenemos 186 días de clases, y yo me pasé casi todos esos días del año pasado tratando de ignorar lo que mi cuerpo me decía. Aprendí que identificar los síntomas de estrés antes de que se conviertan en kilos de más es clave. Cuando sentía que el pecho se me apretaba, en vez de ir a la heladera o dejar de comer por completo, salía a caminar cinco minutos por el barrio antes de responderle cualquier cosa a mi marido.

Escuchar al cuerpo antes que a la balanza
Una tarde de domingo reciente, después de un almuerzo con mi suegra que me dejó con el estómago hecho un nudo, me senté en el patio a respirar. En vez de castigarme por lo que había comido o por lo que no podía digerir, me puse a pensar en lo que aprendí en el programa Elimina los Síntomas Físicos de la Ansiedad. Este curso no me dio una dieta, me dio permiso para notar dónde guardaba la tensión.
Lo que me sirvió de ese material fue entender la dimensión corporal. No era todo "mental". Mi digestión se cortaba porque mi sistema nervioso estaba en modo pelea o huida. Empecé a aplicar lo de nombrar la sensación en voz alta: "Tengo el estómago bloqueado porque estoy enojada", me decía a mí misma. Parece una tontería, pero el solo hecho de reconocerlo hacía que la piedra en la panza empezara a ablandarse un poco.
Ojo, que el curso tiene sus límites. Si estás buscando cómo arreglar la comunicación con tu pareja de un día para otro, esto no es para eso. Para eso después miré un poco de Soluciona tus conflictos como las parejas extraordinarias, pero solo cuando mi cuerpo ya no estaba tan en alerta. No podés tener una conversación madura si sentís que te falta el aire o si tenés náuseas de tanto estrés.
Hoy mi peso se estabilizó un poco, no porque haga una dieta perfecta, sino porque dejé de pelear contra mi propio cuerpo. Entendí que esos kilos extra eran un síntoma de que necesitaba poner límites y cuidar mi paz. Si vos también sentís que tu cuerpo está cambiando y que no hay dieta que funcione, tal vez sea momento de mirar qué está pasando en tu casa y cómo eso te está apretando por dentro. Y recordá, si sentís que la situación te sobrepasa, no dudes en consultar con un profesional de la salud mental; no tenés que cargar con todo este peso sola.
