
Eran las tres de la mañana cuando me desperté en la oscuridad de nuestra pieza en Villa Morra, ese barrio que a esa hora parece un cementerio de lujo donde solo se escucha el zumbido del aire acondicionado. Mi marido dormía dándome la espalda, una pared de carne y hueso que se sentía a kilómetros de distancia, y yo sentía que un camión me pisaba el pecho. No era un infarto, aunque se le parecía bastante; era esa angustia vieja que ya conocía, esa que te roba el aire y te deja los ojos abiertos mirando el techo de hormigón mientras tratás de entender por qué, si supuestamente estás en tu lugar seguro, tu cuerpo actúa como si estuvieras en medio de una guerra.
Antes de seguir, vecina, te quiero contar algo importante. En este diario vas a encontrar algunos enlaces a programas que yo misma hice para tratar de no volverme loca. Si decidís anotar a alguno a través de ellos, yo gano una pequeña comisión, pero a vos te sale exactamente lo mismo, ni un guaraní más. Solo comparto lo que a mí me sirvió después de probar mil vyrorei, y siempre te digo: yo no soy doctora ni psicóloga, soy administrativa en una escuela. Si sentís que no das más, por favor, buscá un profesional de la salud mental de verdad.
El inicio del ciclo lectivo y el nudo que no se suelta
A principios de febrero de 2026, cuando el calor de Asunción ya te hace hervir la sangre y en la escuela empezamos con el ciclo lectivo que va de febrero a noviembre, mi cuerpo decidió que ya no podía más. Yo trabajo como coordinadora administrativa y mi vida es un Excel constante de cuotas, uniformes y padres pesados, pero el problema no era el trabajo. El problema era que cada vez que llegaba a casa, el estómago se me cerraba con llave.
Pasé semanas con una gastritis que no me dejaba ni oler el café. Fui al médico allá por el distrito de Recoleta, me hicieron endoscopias, me dieron pastillas para la acidez, pero nada funcionaba. El doctor me decía que era "estrés", así, en general, como si el estrés fuera algo que flota en el aire y no algo que tiene nombre y apellido. Lo que yo no le decía al doctor era que mi acidez estomacal por estrés emocional empezaba justo cuando escuchaba la llave de mi marido girar en la cerradura después de un domingo de almuerzo con mi suegra.

Me di cuenta de que mi cuerpo estaba gritando lo que mi boca callaba por no armar lío. Ese nudo metálico en la boca del estómago se cerraba con llave cada vez que escuchaba el motor del auto de mi marido en el garaje. No era miedo físico, era esa tensión de no saber qué humor iba a traer, si íbamos a estar en silencio tres días o si iba a haber algún reclamo por algo que no hice. Intenté de todo: té de tilo, manzanilla, hasta bajé una aplicación de esas que tienen sonidos de bosque para meditar. Fue un fracaso total. Ahí estaba yo, intentando meditar con una aplicación de sonidos de bosque mientras mi mente repasaba cada palabra hiriente de la pelea de la noche anterior, y el pajarito de la app me ponía más nerviosa todavía.
Cuando el cuerpo pide socorro de madrugada
Llegó el invierno, o lo que nosotros llamamos invierno acá, y las madrugadas se pusieron frescas. En una de esas noches de junio de 2026, me desperté otra vez. Dicen los que saben que los adultos pasamos un 25% de nuestro sueño en la fase REM, que es cuando soñamos y procesamos las emociones. Yo creo que mi fase REM estaba ocupada tratando de sobrevivir a la frialdad de mi cama. Habíamos comprado unas sábanas de algodón egipcio carísimas, pensando que si nuestra cama se veía como la de una revista, tal vez las cosas mejorarían.
Pero el tacto frío de las sábanas de algodón egipcio que compramos para "arreglar las cosas" se sentían como hielo en mis pies, recordándome que no hay tela en el mundo que te caliente el alma si el vínculo está roto. Esa noche me di cuenta de que me enfermaba seguido —gripes que me duraban dos semanas, contracturas que me dejaban dura el cuello— porque mi sistema de defensa estaba agotado de estar siempre en alerta en mi propia casa. Es lo que llaman somatización, que no es otra cosa que el dolor emocional mudándose a los músculos porque ya no cabe en el pecho.

Empecé a notar que mis recaídas de salud coincidían exactamente con las discusiones por mi suegra o con esos periodos de frialdad en la cama donde ninguno de los dos decía nada pero el aire pesaba una tonelada. Fue en ese momento cuando dejé de buscar el diagnóstico en los análisis de sangre y empecé a mirar mi relación. Entendí que mi cuerpo reaccionaba a mi vínculo, no a un virus pasajero. Me sentía atrapada, y esa es la parte que nadie te dice: cuando sos la que cuida a los chicos, la que maneja la casa y la que tiene que estar ahí sí o sí, no podés simplemente "alejarte de la fuente de estrés". Tu fuente de estrés duerme al lado tuyo.
La trampa de no poder escapar
Muchas veces leí consejos de autocuidado que decían: "Si algo te hace mal, tomate un tiempo, salí a caminar, poné límites". Suena lindo en los libros, pero cuando tu vida entera está trenzada con la de la otra persona, poner un límite físico es casi imposible. Yo no podía irme a un spa cada vez que mi marido me hacía la ley del hielo. Mi estrés era crónico porque mi exposición al conflicto era constante. El cortisol, esa hormona del estrés, debe haber estado por las nubes en mi cuerpo durante meses, debilitando mis defensas y haciéndome presa fácil de cualquier bichito que anduviera por la escuela.
Llegué a un punto tan bajo que tuve un pensamiento que hoy me avergüenza, pero que fue mi verdad en ese momento: llegué a pensar que si me enfermaba de verdad, de algo serio, tal vez él finalmente me miraría con la ternura que me faltaba en el día a día. Es triste desear un hospital para recibir un abrazo, ¿verdad? Ahí fue cuando dije: "Nderasore, Patricia, tenés que hacer algo antes de terminar internada de verdad".
Empecé a buscar algo que hablara de lo que me pasaba a mí, no de la ansiedad genérica de quien tiene miedo a volar o a hablar en público, sino de la ansiedad de quien tiene el conflicto en el comedor de su casa. Así llegué al programa Elimina los Síntomas Físicos de la Ansiedad. Lo que me gustó es que no me pedía que me divorciara ni que me volviera monja tibetana; simplemente me enseñó a identificar cómo mi pecho se cerraba y qué hacer en ese microsegundo para que la crisis no escalara. Aprendí a nombrar el sentimiento antes de que se convirtiera en gastritis.

Lo que cambió cuando empecé a escuchar
No te voy a mentir diciendo que ahora mi matrimonio es un comercial de jabón de olor. Seguimos teniendo nuestros choques, pero algo cambió en mí. Ahora, cuando siento que el aire me falta después de una pelea un martes a la noche, ya no salgo corriendo a la farmacia a comprar un digestivo. Me detengo. Me digo a mí misma: "Patricia, esto que sentís es el enojo por lo que te dijo, no es que te cayó mal la cena".
He aprendido a identificar los síntomas de estrés por problemas de pareja antes de que se vuelvan una gripe de tres días. Empecé a caminar por el barrio, a paso lento, antes de responder a una provocación. Y sobre todo, dejé de intentar arreglarlo todo con aplicaciones de sonidos de bosque que no tenían nada que ver con mi realidad en Asunción.
Si vos también sentís que vivís enferma y que los médicos no te encuentran nada, fijate un poco en cómo está el clima en tu casa. A veces el cuerpo es el único que tiene la honestidad de decirnos que algo no va más. En mi caso, trabajar específicamente la dimensión corporal con el curso de Elimina los Síntomas de la Ansiedad me dio las herramientas para, al menos, no terminar en cama cada vez que hay una crisis. Me sirvió mucho la parte de los ejercicios de respiración conectada, aunque te confieso que la parte de llevar un diario de comidas la ignoré bastante porque, seamos sinceras, en Paraguay comemos lo que hay y cuando se puede.
Para cerrar, vecina, te digo de corazón: no normalices vivir con dolor. Si sentís que el malestar físico por discusiones constantes te está consumiendo, buscá ayuda. Mi camino me sirvió a mí, pero cada cuerpo es un mundo. No dejes de consultar con un profesional de la salud si sentís que la carga es muy pesada. Al final del día, la única que realmente habita tu cuerpo sos vos, y nadie más va a cuidarlo si vos no lo hacés primero.