
No tengo una respuesta clara sobre por qué el cuerpo elige el mareo para avisar que un matrimonio se está apagando, en lugar del llanto o el portazo. Lo único que puedo decir con certeza es la secuencia que se repite en casa: primero el silencio en el comedor se espesa, después el suelo empieza a moverse debajo de mis pies aunque esté parada quieta en la cocina, y recién ahí entiendo que la tensión muscular y los mareos psicosomáticos que arrastro hace meses son parte de una crisis matrimonial silenciosa, no un problema del oído ni del calor de Asunción.
Camino bastante por la Costanera cuando algo en casa se pone pesado, mirando el río mientras baja el sol, y ahí es donde más clara se me hace la diferencia entre una ansiedad relacional y un simple mal día. En esas caminatas el mareo casi nunca aparece; aparece después, cuando vuelvo, cuando la puerta se cierra y esa tensión que nadie en mi casa nombra en voz alta vuelve a instalarse en el aire del living.
La Costanera, el silencio y los mareos psicosomáticos que no eran del calor
La primera vez que el piso pareció inclinarse le eché la culpa al calor, después a la presión baja, después a no haber tomado suficiente agua. Fueron meses buscando una explicación que no tuviera que ver con lo que pasaba entre nosotros dos. Mientras tanto el cuello se me iba poniendo cada vez más rígido, como si cargara algo pesado entre los hombros y la nuca que nadie más veía.
Bajé la aplicación Calm y la usé todos los días durante tres semanas, siguiendo los ejercicios de respiración guiada antes de dormir. Funcionaba, más o menos, mientras duraba el audio. Pero si la pelea del martes seguía sin resolverse, el jueves el mareo volvía igual, con la misma fuerza, como si la respiración guiada nunca hubiera pasado por mi cuerpo.

Tres semanas con la app y nada cambió el martes
Ahí entendí, aunque me costó nombrarlo, que mi ansiedad no era la ansiedad general de la que hablan la mayoría de los videos y artículos. No aparecía por el trabajo ni por el tráfico ni por la humedad de diciembre. Aparecía cuando él entraba a la habitación y yo, sin darme cuenta, dejaba de respirar hondo, como si mi cuerpo estuviera todavía discutiendo aunque mi boca ya se hubiera callado.
¿Por qué el cuello guarda lo que la boca no dice?
Con el tiempo aprendí algo simple sobre mi propio cuerpo: cuando el estrés emocional se sostiene demasiado tiempo, los músculos quedan en una especie de contracción parcial que no llega a soltarse del todo, y esa contracción se manifiesta como dolor de cabeza tensional, como rigidez en el cuello y los hombros, o como esa sensación de peso en el pecho que yo confundía con otra cosa. No lo leí en ningún diagnóstico mío, lo fui reconociendo a fuerza de prestarle atención a mi propio cuello.
La tensión que se acumula ahí, sostenida semana tras semana, terminó siendo para mí el verdadero origen de buena parte de los mareos, mucho más que el calor o la presión: una crisis matrimonial que nadie en casa se anima a nombrar en voz alta se guarda primero en los músculos, antes de aparecer en cualquier conversación.
Mi suegra multiplica esa tensión todavía más rápido: basta una tarde con ella opinando sobre la crianza de mis hijos para que la mandíbula se me trabe y sienta un tirón cerca de las orejas. Reconocer esos síntomas de ansiedad física tras los conflictos con la suegra fue lo que me hizo empezar a tomarme en serio lo que el cuerpo venía avisando desde antes. Una tarde particularmente dura, Delfina Aquino, compañera mía en la secretaría del colegio, apareció en mi escritorio con una chipa todavía caliente, sin que yo se la hubiera pedido, y me la dejó ahí sin decir mucho más.

A eso, sin ser médica ni nada que se le parezca, yo le llamo somatización: el cuerpo procesando lo que la cabeza todavía no quiere aceptar. Si a vos también se te mueve el piso cuando en casa todo está quieto de más, prestale atención a lo que dice tu cuello antes de que tenga que gritarlo con un mareo. Y si sentís que esto te supera, hablar con un profesional de la salud mental sigue siendo, para mí, el paso más honesto que se puede dar.
Aprender a notar el pecho liviano antes de nombrarlo
Recién hacia la quinta semana de prestarle atención a esto noté algo distinto, sentada en un banco del patio del colegio durante el recreo: el pecho no me pesaba, y no me pesaba desde el domingo. No fue una revelación grande ni un cambio de vida, fue solo eso, un rato sin esa opresión que ya casi había aceptado como parte de mí.
Todavía tengo noches en las que me despierto de madrugada con el pecho apretado, mirando las aspas del ventilador girar despacio en la oscuridad mientras él duerme de espaldas a mí; ese despertar de madrugada con ansiedad por problemas en la relación tiene su propia lógica, que no voy a desarrollar acá, pero que aprendí a no ignorar.

Lo que me llevo, sin prometer nada
Fui juntando algunas soluciones prácticas para los conflictos de pareja que causan ansiedad con el tiempo, pero la que más me sirvió no tiene nada de sofisticada: calmar mi propio cuerpo antes de entrar a cualquier conversación difícil, en vez de esperar que la charla me calme a mí. Eso significa a veces caminar antes de responder, otras veces simplemente quedarme en silencio un rato más de lo que me gustaría.
Hace poco me escribió Macarena, una lectora de Luque, contándome que después de leer una de estas entradas empezó a hacer lo mismo: parar antes de hablar, notar el cuerpo primero. Me lo compartió tal cual, sin prometerme que a mí me iba a funcionar igual, y esa es la actitud que más rescato de todo este camino: lo que sirve en mi casa no tiene por qué servir en la tuya, pero prestarle atención al cuerpo antes que a las palabras sí lo puedo recomendar sin miedo a equivocarme.
Mi matrimonio sigue teniendo semanas difíciles, y el mareo todavía vuelve de vez en cuando. Pero ya no lo trato como una falla del cuerpo: lo trato como un mensaje que llega antes que las palabras, y cuidar eso es cuidar mi salud emocional tanto como mi matrimonio. Si reconocés algo de esto en vos, la tensión en el cuello, el mareo que aparece cuando la casa se queda callada de más, considerá hablar con un profesional de la salud mental; yo solo puedo contarte mi camino, no el tuyo.