Faro Pareja

Mareos y tensión muscular por la crisis matrimonial silenciosa

Mareos y tensión muscular por la crisis matrimonial silenciosa

Eran las cinco de la tarde de un martes de finales de diciembre, de esos días en los que el asfalto de Villa Morra parece que va a empezar a hervir bajo los pies. Salía de la oficina del colegio, después de cerrar las planillas de inscripción para el ciclo siguiente, y al llegar al estacionamiento sentí que el suelo se movía. No fue un tropiezo, fue algo más profundo, como si el mundo de repente se hubiera vuelto de goma; tuve que apoyarme en el capó de mi auto para no irme de lado.

En ese momento le eché la culpa al calor o a que quizás no había tomado suficiente agua, pero la verdad es que ese mareo venía gestándose desde hacía meses, igual que el silencio que se había instalado en el comedor de casa. Mi cuerpo estaba avisando algo que yo no quería decir en voz alta: que mi matrimonio de catorce años se estaba volviendo un lugar donde yo caminaba de puntitas para no romper nada, y esa tensión me estaba pasando factura.

La piedra de granito en el cuello y el año perdido

Durante las vacaciones de enero, mientras otros se relajaban, yo sentía que cargaba una piedra de granito de diez kilos entre los hombros y la nuca. Es una sensación de rigidez que no te deja girar la cabeza del todo, como si los músculos estuvieran permanentemente en guardia, esperando un golpe que nunca llega. Mi esposo estaba ahí, físicamente presente, pero la distancia entre nosotros era de kilómetros, aunque estuviéramos sentados en el mismo sofá.

Pasé meses probando de todo: bajé tres aplicaciones de meditación, tomé litros de té de tilo y me convencí de que el problema era que estaba rozando el límite de la carga horaria laboral de 48 horas semanales que marca la ley. Me decía a mí misma que era el estrés administrativo, el ruido de los chicos, la humedad de Asunción. Cualquier cosa menos mirar lo que pasaba cuando él entraba a la habitación y yo, sin darme cuenta, dejaba de respirar profundamente.

Primer plano de una mano apretando el borde de una mesa de madera por tensión.

Incluso probé un curso de manejo del estrés en Hotmart que me enseñó a organizar mejor mis tareas, y aunque me sirvió para que los papeles del colegio no se me amontonaran, no tocó ni un centímetro de esa dureza en mi cuello. El curso hablaba de productividad, pero mi cuerpo hablaba de soledad acompañada. No soy médica ni experta en nada, pero empecé a notar que el mareo no aparecía cuando tenía mucho trabajo, sino cuando el silencio en casa se volvía demasiado pesado.

El almuerzo del domingo y la mandíbula de hierro

A mediados de marzo, tuvimos uno de esos almuerzos dominicales con mi suegra. Ella es de las que opinan sobre la educación de mis hijos con una sonrisa que no llega a los ojos, y mi esposo, como siempre, se quedaba callado mirando su plato de asado. Esa tarde, mientras ayudaba a levantar la mesa, sentí que la mandíbula se me trababa. No podía abrir la boca del todo sin sentir un tirón doloroso cerca de las orejas.

Ese día entendí que mis síntomas de ansiedad física tras los conflictos con la suegra no eran casualidad. La tensión muscular no era por dormir mal, era el resultado de todas las palabras que me tragaba para no armar un escándalo. Al volver a casa, el mareo regresó con fuerza. Al entrar en la cocina, sentí la sensación de que el piso se inclinaba como la cubierta de un barco cada vez que él salía de la habitación sin despedirse, dejándome ahí con mis preguntas atragantadas.

Lo que yo llamo somatización —aunque no sea doctora para diagnosticar— era mi cuerpo tratando de procesar lo que mi cabeza no quería aceptar. Estaba intentando equilibrar una relación que ya no tenía centro, y por eso el mundo me daba vueltas. Si te sentís así, che vecina, es importante que sepas que el cuerpo no miente, y a veces es el único que se anima a decir la verdad cuando nosotros todavía tenemos miedo de hablar. Si este malestar te supera, buscar un profesional de la salud mental es el paso más valiente que podés dar.

Vaso de agua y una chipa sobre una mesada de granito con luz de tarde.

El zumbido del ventilador y el silencio somático

Hace unas tres semanas, me pasó algo que cambió mi forma de ver estos ataques de mareo. Tuvimos una discusión corta pero cortante en la cocina. Él se fue a dormir y yo me quedé un rato más. Al subir a la pieza, sentí que el techo se me venía encima. Me acosté y me quedé mirando el zumbido monótono del ventilador de techo de madrugada mientras miro su espalda inmóvil, sintiendo que el aire pesa más de lo normal.

En ese momento, mi primer impulso fue intentar despertarlo para "arreglar las cosas". Quería hablar, quería que me dijera que todo estaba bien para que el mareo se fuera. Pero recordé algo que había leído: el cuerpo necesita silencio somático antes de intentar cualquier diálogo. Si mi sistema nervioso está en alerta roja, si mis músculos están como cuerdas de guitarra a punto de romperse, nada de lo que salga de mi boca va a ser constructivo.

En vez de forzar una charla, me concentré solo en mi respiración. Noté cómo mis hombros estaban pegados a las orejas y, muy despacio, los solté. No busqué soluciones, solo busqué que mi cuerpo se sintiera seguro en su propia piel. Aprendí que intentar comunicar necesidades emocionales mientras sufrís tensión muscular solo agrava el mareo; es como tratar de arreglar un motor mientras el auto está derrapando en una curva mojada.

Lo que aprendí en mi propia casa

Desde que empecé a ver mis síntomas como un mapa de mi relación y no como una falla de fábrica, las cosas en casa no es que se hayan arreglado mágicamente, pero yo ya no estoy tan perdida. Sé que cuando me levanto con ese despertar de madrugada con ansiedad por problemas en la relación, no es porque el café me cayó mal, sino porque hay algo que no estamos atendiendo.

He empezado a aplicar algunas soluciones prácticas para los conflictos de pareja que causan ansiedad que encontré en otro programa de Hotmart, pero con una diferencia: ya no espero que él cambie para que yo me sienta bien físicamente. He aprendido que yo soy la responsable de calmar mi propio cuerpo antes de entrar en la arena de la discusión. A veces eso significa salir a caminar por el barrio, dar una vuelta de 7 kilómetros si hace falta (aunque sea en auto para llegar al Centro y volver), o simplemente sentarme a oler cómo se hornea una chipa a 180 grados hasta que mi pulso se normalice.

Aspas de un ventilador de techo girando lentamente vistas desde abajo en la penumbra.

Mi camino es solo mío y no pretendo que le sirva a todo el mundo. Cada cuerpo es un mundo y cada matrimonio es una selva distinta. Pero si sentís que el suelo se te mueve cuando las cosas en casa están quietas de más, prestale atención a tus músculos. No son solo nudos; son mensajes que todavía no te animaste a leer. Y por favor, si sentís que el mareo no te deja vivir, consultá con un médico para descartar cualquier otra cosa y hablá con un terapeuta; a veces necesitamos que alguien nos ayude a traducir lo que el cuerpo grita.

Tenga en cuenta: Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.

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