
Eran las tres de la mañana de un martes de invierno, hace unos seis meses, cuando me quedé mirando el techo de mi habitación acá en Villa Morra, sintiendo que mi cuerpo pesaba cien kilos. No era ese cansancio de haber limpiado toda la casa o de haber cerrado las planillas en el colegio donde trabajo; era algo más denso, una especie de plomo en las piernas y un vacío en el pecho que no me dejaba ni darme la vuelta para no despertar a mi marido. Él dormía de espaldas, ajeno a mi vigilia, y yo sentía que si intentaba levantarme, mis músculos simplemente no iban a responder.
Antes de seguir, vecina, te quiero contar algo importante. Este diario donde descargo mis cosas tiene algunos enlaces de afiliación. Si alguna de ustedes decide entrar a uno de los programas que menciono a través de ellos, yo gano una comisión, pero eso no cambia para nada el precio que vos pagás. Solo comparto recursos por los que yo misma pasé porque me sirvieron en su momento, pero recordá siempre que mi camino es mío y no es una receta médica. Yo no soy psicóloga ni doctora de nada, soy una mujer que trabaja en administración y que aprendió a escuchar su cuerpo a la fuerza, así que antes de tomar cualquier decisión sobre tu salud mental, por favor considerá hablar con un profesional cualificado.
El agotamiento que no se cura durmiendo
En ese entonces, yo estaba convencida de que mi cansancio extremo era por el ritmo del colegio o porque mis dos hijos ya están en esa edad pre-adolescente donde todo es un drama. Pero la verdad es que mi cuerpo me estaba gritando otra cosa. Había pasado un año intentando soluciones genéricas: bajé aplicaciones de meditación que me hablaban en un español neutro que no me decía nada, tomaba té de tilo como si fuera agua y escribía en un cuaderno cosas por las que estaba agradecida, pero el cansancio no se iba. Al contrario, se volvía más pesado.
Lo que yo no quería ver era que ese agotamiento empezaba siempre después de las vacaciones de enero, cuando las tensiones con mi suegra se volvieron insoportables y las peleas con mi esposo terminaban siempre en un silencio de días. Mi estómago se cerraba por completo después de cada discusión y ese nudo no me dejaba comer ni descansar bien. Me di cuenta de que mi cuerpo no estaba estresado por el tráfico de Asunción o por el trabajo administrativo; mi sistema nervioso estaba en una alerta constante dentro de mi propia casa.

La fatiga de ser una meteoróloga emocional
Hay un concepto que aprendí hace poco, un jueves por la tarde mientras tomaba un tereré solita: el cansancio extremo en el matrimonio no viene solo de las peleas a gritos. Viene de la fatiga cognitiva de intentar predecir constantemente el estado emocional del otro. Yo me volví una experta en descifrar cómo venía mi marido solo por el sonido de sus llaves en la cerradura. Si el giro era rápido, significaba que estaba apurado o irritable; si tardaba, era que venía cansado y no quería hablar.
Esa opresión en el pecho que aparece apenas escucho la llave de mi esposo girar en la cerradura después de un día de silencio es lo que drena la energía. Vivir intentando evitar el conflicto, calculando qué decir y qué callar para que la paz (o ese simulacro de paz que teníamos) no se rompiera, me dejaba sin fuerzas. Es como si mi cerebro estuviera corriendo una maratón de 42 kilómetros todos los días solo para mantener la armonía familiar. No hay cuerpo que aguante ese nivel de vigilancia.
Incluso el placer se me empezó a agriar. El olor a chipa recién hecha en la esquina del colegio, que antes amaba y me alegraba la mañana, ahora me revuelve el estómago por la tensión de pensar si tendría que llevarle una a él para "suavizar" el ambiente o si eso sería interpretado como una provocación. Cuando el cuerpo está en modo supervivencia, hasta lo más rico se siente pesado. Si te sentís así, quizás te sirva leer sobre sentirse sola estando casada y los síntomas físicos del estrés, porque a veces el cansancio es solo la cara visible de esa soledad acompañada.
Cuando el ciclo del sueño se rompe por la ansiedad
Varias madrugadas seguidas el mes pasado me puse a investigar por qué me despertaba siempre a la misma hora. Resulta que el sueño humano tiene ciclos de aproximadamente 90 minutos, y cuando estamos bajo un estrés emocional fuerte, el cuerpo libera cortisol —la hormona del estrés— en picos que nos sacan del sueño profundo. Mi cuerpo estaba tan acostumbrado a estar alerta que, ante el más mínimo movimiento de mi esposo en la cama, yo ya estaba con los ojos abiertos y el corazón latiendo descompasado.
Intenté con todo, pero nada me funcionó hasta que entendí que el problema no era mi falta de sueño, sino mi incapacidad de sentirme segura y relajada en mi relación. Mi cuerpo no me dejaba dormir porque sentía que tenía que estar lista para defenderme o para mediar en un conflicto. Fue ahí cuando decidí dejar de buscar soluciones mentales y enfocarme en lo físico. Encontré un programa que se llama Elimina los Síntomas Físicos de la Ansiedad y, aunque al principio dudé porque no soy de comprar cosas por internet, me ayudó a entender que primero tenía que calmar mi pecho y mi estómago para después poder pensar con claridad.

Lo que más me sirvió de ese material no fueron las teorías, sino los ejercicios prácticos para bajar la guardia cuando sentía que el aire me faltaba. Aprendí que si no calmaba la respuesta física de mi sistema nervioso, ninguna conversación con mi marido iba a ser productiva porque yo siempre hablaba desde el agotamiento o el miedo. Si estás pasando por algo parecido, te recomiendo mirar cómo quitar la opresión en el pecho por ansiedad matrimonial, porque es el primer paso para recuperar un poco de energía.
La decisión de priorizar el cuerpo
Llevamos 14 años de casados y me costó mucho tiempo admitir que mi cansancio era relacional. Durante mucho tiempo me sentí culpable, pensaba que era una exagerada o que simplemente me estaba volviendo vieja. Pero el cuerpo no miente. Ese agotamiento era mi límite diciéndome "ya no puedo más con esta dinámica".
Empecé a caminar media hora por la tarde antes de volver a casa, no para bajar de peso, sino para darle a mi cuerpo un espacio donde no tuviera que predecir el humor de nadie. Ese pequeño cambio, sumado a lo que aprendí sobre cómo gestionar los síntomas de ansiedad tras los conflictos con la suegra (que eran mi mayor disparador), me empezó a devolver la claridad. El programa de Hotmart que mencioné antes me dio herramientas para esos momentos donde el nudo en la garganta no te deja ni saludar.
No te voy a decir que ahora todo es color de rosa. Seguimos teniendo días difíciles, pero ya no me despierto sintiendo que tengo el mundo sobre los hombros. Aprendí que mi cansancio era una señal de que estaba descuidando mi propia seguridad emocional. Si vos también sentís que te falta el aire o que vivís cansada sin razón aparente, no lo ignores. Tu cuerpo te está avisando algo que tu cabeza todavía no quiere aceptar.

Hoy, cuando siento que el cansancio vuelve, me detengo. Respiro lento, nombro lo que estoy sintiendo en voz alta antes de responderle a mi esposo y me doy permiso de no ser la mediadora de todo. A veces, la mejor forma de salvar un matrimonio —o de salvarse una misma— es dejar de intentar controlarlo todo y empezar por cuidar el propio cuerpo. Si sentís que este peso es demasiado para llevarlo sola, por favor, buscá a un profesional de la salud mental. No tenés por qué poder con todo vos solita.
Si sentís que ya estás lista para dar un paso más allá de los síntomas físicos y querés trabajar la forma en que te comunicás para no terminar siempre agotada, yo después de un tiempo hice otro curso llamado Soluciona tus conflictos como las parejas extraordinarias. Me ayudó a poner límites que antes me daban terror, aunque te aviso que es un trabajo más largo y requiere que ambos pongan de su parte, algo que no siempre es fácil cuando uno está tan ka'igue emocionalmente. Pero lo primero, siempre, es volver a respirar.