Faro Pareja

Cómo quitar la opresión en el pecho por ansiedad matrimonial

Opresión en el pecho por ansiedad matrimonial: mujer paraguaya con la mano en el esternón antes del amanecer

Un susto cualquiera te sube el pulso y se te pasa apenas cambiás de tema; la opresión que yo sentía en el pecho durante los peores meses de mi matrimonio no se movía ni un milímetro aunque hablara de otra cosa, aunque me riera, aunque el problema real —la ansiedad matrimonial que tenía instalada en el esternón— se quedara ahí pegada, esperando que alguien la nombrara.

Antes de seguir: esta entrada tiene enlaces de afiliado, y si comprás algún programa a través de ellos yo gano una comisión sin que a vos te cueste más. Comparto nomás lo que me sirvió a mí buscando bienestar relacional después de catorce años casada, cuando entendí que los síntomas físicos de la ansiedad que traía no eran cosa de nervios sueltos sino de mi matrimonio concreto. No soy psicóloga ni médica —soy coordinadora administrativa de un colegio y aprendí esto a los golpes— así que si a vos también se te cierra el pecho, lo primero es hablar con un profesional de la salud mental.

La opresión en el pecho no es lo mismo que el miedo común

A esa opresión yo la sentía siempre en el mismo lugar exacto, un poco a la izquierda del centro, como si alguien me hubiera puesto una plancha caliente sobre el esternón y se hubiera olvidado ahí. El corazón se me iba mucho más rápido que el rango normal de frecuencia cardíaca que cualquiera puede buscar en un manual, sin que yo entendiera bien por qué. Cada síntoma tenía su propio nombre en mi cabeza —el corazón acelerado no era lo mismo que el pecho apretado, y el pecho apretado no era lo mismo que el estómago duro después de una pelea— aprender a distinguir uno de otro fue la mitad del trabajo.

Una de esas madrugadas me levanté despacio para no despertarlo y crucé hasta la cocina con los pies helados sobre las baldosas, buscando agua que no terminaba de bajar bien, la garganta demasiado apretada para tragar tranquila.

Pies descalzos sobre baldosas frías de cocina, uno de los síntomas físicos de la ansiedad de madrugada

La tarde que fui a hablar con el cura de la parroquia

Todavía sin entender que el problema vivía en mi matrimonio y no en mi cabeza, probé de todo. Una tarde fui a hablar con el cura de la parroquia, pensando que la culpa era mía por no aguantar más el silencio en casa; salí de esa charla con más culpa todavía y ninguna claridad sobre qué hacer con el cuerpo que seguía apretándose cada noche. Probé también lo que dicen las aplicaciones —respirar hondo, sostener el aire, soltarlo despacio— con la misma fe de quien reza sin creer del todo.

La respiración forzada empeoraba la ansiedad

Lo que nadie me había dicho es que forzar la respiración cuando el problema es relacional puede desesperar más, porque el cuerpo siente que lo estás obligando a calmarse justo cuando necesita gritar que algo anda mal. Pasé meses bajando aplicaciones de meditación, y el alivio me duraba lo que dura el incienso prendido: apenas se disipaba el humo volvía la misma opresión.

Con el tiempo entendí que mi pecho no estaba roto, que estaba funcionando como una alarma bastante precisa: el sistema nervioso autónomo sabía que mi lugar seguro ya no se sentía tan seguro. Necesitaba algo que hablara el idioma de los músculos, no solo el de los pensamientos.

Vaso de agua y cuaderno cerrado sobre mesa de madera, pausa para el bienestar relacional a media tarde

Nombrar la opresión en vez de pelearla

Fue mi compañera de la secretaría, Delfina Aquino, quien me tiró el nombre de un programa cuando le conté lo del domingo con mi suegra —ella lo dice todo con la misma cara tranquila, sin dramatizar nada, así que cuando me dijo "probá esto" le hice caso más rápido que si me lo hubiera dicho cualquier otra persona. Llegué al programa Eliminar los Síntomas Físicos de la Ansiedad buscando algo más específico que las apps genéricas, y lo que me sirvió de ahí no fue ninguna técnica mágica de relajación, sino entender que el cortisol tiene algo que ver con por qué el músculo no suelta aunque uno respire bien; no hace falta saber la biología entera para notar que ahí hay una conexión real entre lo que pasa en la pareja y lo que se traba en el cuerpo.

El curso me enseñó a no pelearme con la opresión sino a nombrarla, y ahí fue cuando la cosa empezó a moverse de verdad. En vez de decir "no puedo respirar", empecé a decirme, despacio, "el pecho está apretado porque me dolió lo que dijo anoche" —parece una tontería, pero nombrar la verdad relacional en lugar de pelear contra el síntoma le sacaba un poco de presión al músculo, como cuando aflojás algo tirando del hilo correcto en vez de tironear de cualquier lado. Si te interesa cómo el cuerpo avisa antes de que la cabeza entienda nada, ya escribí más largo sobre cuando mi pecho hablaba antes que mi cabeza.

Las tres cuadras hasta el mercado

Después de unas cuatro semanas metiendo esto en la rutina —caminar antes de responder un grito, estirar el pecho en vez de forzarlo a respirar, mojarme la nuca con agua fría cuando sentía que el aire se acababa— empecé a notar algo distinto en el cuerpo mismo. Salía a caminar por el parque Ñu Guasu, a tres cuadras del colegio, cuando necesitaba bajar la adrenalina después de una discusión, y ahí también se me destrababan el cuello y los hombros, que para mí siempre se ponían tan duros como el pecho cuando la tensión venía de mi marido.

Una tarde caminando esas mismas tres cuadras, pero rumbo al mercado, me di cuenta de que tenía los hombros bien abajo, lejos de las orejas, sin que yo se lo hubiera pedido. Nadie me estaba mirando, no había nada que demostrar, y aun así el cuerpo se había soltado solo. Fue la primera vez que noté el cambio sin andar buscándolo.

A veces el estómago se cerraba en vez del pecho, sobre todo los días después de pelear por la misma tontería de siempre, y para eso uso las mismas herramientas de fijarme en el cuerpo; lo conté más despacio en la entrada sobre por qué se me cierra el estómago después de discutir. Sé también que buena parte de esto viene de más atrás, de patrones que no arrancaron en este matrimonio, aunque esa es otra madeja que no voy a desenredar acá.

Plantas tropicales vistas desde la ventana de un patio paraguayo, el pecho ya más liviano al final del día

Hoy el esternón manda otro mensaje

Hace rato que no me despierto a las tres de la mañana con esa piedra en el pecho —el marido puede seguir durmiendo dado vuelta y ya no me arranca esa sensación como antes, aunque tampoco prometo que se haya ido para siempre. Mi matrimonio sigue siendo trabajo diario, con sus días de sol y sus tormentas bien mbarete, pero ya no dejo que la ansiedad se me instale en los huesos sin pelear un poco.

Esto lo escribo en casa, en Trinidad, sobre la mesa de pino con el mantel de hule floreado que ya tiene manchas de yerba vieja, el termo de tereré con hierbabuena transpirando al lado del teclado y la ventana de tela metálica dejando pasar el ruido de las chicharras del patio de piedra. Antes de escribir cualquier entrada anoto la sensación del día en un cuaderno de tapas duras azul, así no se me mezcla lo que sentí con lo que después racionalizo.

Una lectora de Luque, Macarena Portillo, me escribió hace un tiempo contando que había impreso una de estas entradas y la tenía pegada en la puerta del baño, para leerla antes de que su marido se levantara. No pedía consejo, solo lo contaba así, como quien deja constancia, y esa manera de compartirlo sin pedir nada a cambio se me quedó pegada más que cualquier técnica del curso.

Si vos sentís que el aire no te alcanza y que la casa se te viene encima, no pienses que estás loca ni que el corazón te está fallando sin razón: el cuerpo te está hablando de la relación, no en contra tuya. Lo que a mí me sirvió fue dejar de pelear contra la opresión y empezar a preguntarle qué mensaje traía, en vez de solo querer que se callara; esa es la lección que me llevo de estos meses, más que cualquier técnica puntual. Pero escuchate y no te quedes sola con eso: buscá apoyo profesional si sentís que la carga te pesa más de lo que podés cargar sola.

Cuidate. Nadie más te va a tomar en serio el cuerpo si no empezás por ahí vos misma.

Tenga en cuenta: Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.

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