
El ardor me sube por la garganta antes de que se me ocurra pensar en lo que comí. Ese es el primer dato que aprendí a mirar con esta acidez emocional: aparece sin relación con el menú del día, pegada más bien a una tensión que la ansiedad relacional deja dando vueltas en el cuerpo. Por años creí que el estómago reaccionaba a la comida pesada o al café cargado. Después entendí que reaccionaba a lo que pasaba entre mi marido y yo, y ahí cambió la pregunta que me hacía cada vez que sentía el fuego subir.
El mito de que la acidez emocional depende solo de lo que comés
Llevo cuatro años prestándole atención a estos síntomas propios, y la acidez fue de las primeras señales que aprendí a leer distinto del resto. Durante mucho tiempo le eché la culpa a la comida frita del recreo o al café cargado que tomamos en la secretaría del colegio para aguantar el papeleo. Se lo comenté una tarde a Delfina Aquino, compañera de trabajo, y ella, que no tiene filtro para decir las cosas, me cortó en seco: "Che Patricia, dejá de mirarle el plato y fijate qué pasó antes de que te empezara a arder." Tenía razón. El fuego no llegaba después de comer, llegaba horas después de una discusión, aunque esa noche hubiera cenado apenas una fruta. Ahí entendí que mi salud digestiva no iba a mejorar mientras siguiera buscando la explicación en la heladera y no en la última pelea sin resolver.

El ardor que vuelve aunque comamos liviano
El cuerpo prepara más ácido cuando siente que quedó una pelea sin resolver, aunque el estómago esté prácticamente vacío. No hace falta entender el mecanismo exacto para reconocer el patrón: lo que cambia todo es dejar de buscar la causa en el plato y empezar a buscarla en la última conversación tensa. Antes de llegar a esa idea probé de todo, incluso hablar con el cura de la parroquia sobre lo que pasaba en mi matrimonio, buscando alguna claridad. Salí de esa charla con más culpa que antes y ninguna respuesta nueva sobre por qué el estómago se me cerraba cada vez que discutíamos. Los antiácidos de farmacia daban un alivio de minutos, pero el fuego volvía apenas se pasaba el efecto, porque lo que lo prendía seguía sin tocar.

La diferencia entre hambre y alarma
Sentada en el banco del jardín del colegio durante el recreo, noté algo que no esperaba: el pecho no me pesaba, y no me pesaba desde el domingo. Nada dolía, nada ardía, y tardé un rato en darme cuenta de que esa ausencia también era información.
Con los años até nombres distintos a cada sensación, casi como armar un glosario propio de lo que el cuerpo dice sin palabras. También até esto a otras señales que había confundido antes, como cuando empecé a notar cómo aliviar la sequedad de boca por ansiedad en mi matrimonio, o cuando escribí sobre por qué siento ganas de orinar constantes por ansiedad tras discutir. La opresión en el pecho no es lo mismo que el estómago cerrado, y ninguna de las dos pesa igual que las manos frías que a veces me agarran en medio de una charla difícil. Hay noches en que me despierto de golpe sin razón aparente, y hay tardes en que la cabeza se me va por completo después de una discusión, como si el cuerpo gastara toda la energía en otra parte. También aprendí que la ansiedad que aparece por la pareja no pesa igual que una ansiedad general de toda la vida, y que a veces detrás de la reacción física hay una herida más vieja, de niña, que la pelea de turno apenas despierta. Cuando el cuello y los hombros se ponen piedra, o el corazón se acelera de golpe después de un cruce de palabras, es la misma alarma disfrazada de otro síntoma, leo el cuerpo antes que el pensamiento, porque para cuando pongo en palabras el enojo, el estómago ya avisó.
Esa misma tarde anoté todo en el cuaderno de tapas azules que tengo siempre al lado del teclado, sobre la mesa de pino de mi rincón en Trinidad, con el mantel floreado ya gastado, el termo de tereré con unas hojas de hierbabuena, y una ventana con tela mosquitera hacia el patio de piedra. Hay tardes en que ni hace falta una discusión: alcanza con escuchar el auto entrando al garaje para que, además del ardor, aparezca algo pesado y sordo justo en la nuca, antes de que él diga una palabra.

Lo que hago antes de abrir el frasco de antiácidos
Cuando el fuego sube y ya sé que no es hambre, freno antes de responder cualquier mensaje pesado. La respiración honda, la que mueve la panza y no solo el pecho, es lo primero que hago, aunque me lleve un par de minutos sentir que sirve de algo. También dejé el agua helada de lado: la tibia le cae mejor a un estómago que ya está sensible, sin el golpe frío de más. Si el ardor insiste, salgo: a veces alcanza con caminar unas cuadras, otras veces manejo hasta la Costanera y camino mirando el río mientras cae la tarde, dejando que la tensión baje sola, sin apurar nada. Algo parecido me pasó cuando empecé a ordenar la atención a mi cuerpo de manera más estructurada y terminé por aliviar dolor articular por estrés con el curso de ansiedad física, otro síntoma que venía de la misma tensión de fondo. Y noté, sin buscarlo, que hablar mejor con mi marido, no técnicas, solo hablar de verdad, le baja el volumen a todo el cuerpo junto.
Una lectora de Luque, Macarena Portillo, me escribió hace poco uno de esos mensajes larguísimos que manda de vez en cuando, contándome que reconoció lo mismo en su cuerpo apenas leyó la primera entrada de este sitio. No le prometí que mi camino le iba a servir igual: cada cuerpo tiene su propio ritmo para avisar que algo no cierra. Lo único que puedo ofrecer es la pregunta que a mí me cambió el enfoque: si el ardor vuelve aunque hayas comido liviano, y vuelve más seguido después de una tensión con tu pareja que después de una comida pesada, ahí está la pista, no en la lista de alimentos prohibidos. Yo no soy médica ni psicóloga, solo una mujer que dejó de creerle solo al plato. Si algo de esto te suena conocido y sentís que te sobrepasa, hablar con un profesional de la salud mental puede ayudarte a cuidar tu bienestar emocional y a entender lo que tu cuerpo te dice mejor de lo que puedo hacerlo yo desde acá.