Faro Pareja

Por qué sufro de hinchazón abdominal por estrés en mi vida de pareja

Mujer sintiendo hinchazón abdominal por estrés de pareja durante la cena en su casa

El botón de la falda se clava contra la piel a media cena, sin aviso, como si algo ahí abajo decidiera inflarse por cuenta propia. No fue la comida. Apenas había tocado el plato. Pero la panza se puso dura y pesada, empujando la tela hasta dolerme la respiración. Llevo tiempo anotando estos episodios de hinchazón abdominal, porque siempre llegan en el mismo momento: cuando el estrés de pareja se instala en la mesa sin que nadie diga todavía una palabra, y mi cuerpo reacciona con una ansiedad relacional que ninguna charla genérica sobre salud femenina explica del todo.

Este texto lo escribo desde mi casa y lleva enlaces de afiliación: si alguna de ustedes se matricula en un programa a través de ellos, yo recibo una comisión, sin que a vos te cueste ni un guaraní más. Hablo solo de lo que probé yo misma cuando sentía que el cuerpo se me iba de las manos, y aclaro siempre lo mismo; esto es mi camino, no una receta para el tuyo. Si te reconocés en algo de lo que cuento acá, hablalo también con un profesional de la salud mental.

La hinchazón abdominal no era por la comida

Durante meses traté de convencerme de que el problema era lo que comía. Dejé la chipa de la mañana, las harinas, el café que es mi único gusto antes de entrar al colegio, pensando que se trataba de algo digestivo que me había salido de golpe a los cuarenta y pico. Pero la hinchazón no respetaba ninguna dieta. Aparecía siempre a la misma hora, cuando el sol bajaba y yo sabía que mi marido estaba por cruzar la puerta.

Me miraba al espejo del baño y veía una panza de varios meses de embarazo que a las ocho de la mañana no existía. Empecé a llamarlo, para mí misma, un meteorismo emocional, un aire pesado que se instalaba ahí abajo cada vez que presentía la discusión de siempre, o cuando el silencio se ponía tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Se lo comenté una vez a una amiga que participa en el grupo de oración de la parroquia de Villa Morra cada semana; ella encuentra ahí su manera de ordenar la angustia, yo la fui a buscar prestándole atención al cuerpo.

Plato a medio terminar y mano apretando una servilleta, señal de ansiedad relacional en la mesa

Lo que mi cuerpo sabe antes que la cabeza

Leí, de pasada, que el nervio vago conecta el estómago con la cabeza, y que ahí abajo se fabrica buena parte de la serotonina que después regula el ánimo. No sé bien los detalles ni pretendo explicarlos acá, pero sí sé lo que siento: mi vientre entiende el conflicto antes de que mi cabeza le ponga nombre.

Aprendí a leerlo primero en el cuerpo y recién después en los pensamientos, que siempre llegan más lentos. Y noté algo más: esto no se parece a la ansiedad general de las charlas de salud femenina que aparece con cualquier fecha límite de trabajo, sino a algo con nombre y apellido, que se dispara con una persona puntual. El silencio largo, además, la enciende tanto como una pelea a los gritos.

Hay síntomas que tardan meses en asomar, como el pelo que a mí empezó a caérseme recién este año, mucho después de que la tensión en casa ya llevaba rato instalada. Otras veces esa misma hinchazón se mezclaba con algo más grande, un cuerpo entero que parecía cambiar de forma sin que yo tocara nada distinto en mi manera de comer. De eso hablo en gestión de cambios de peso por estrés matrimonial constante, porque ahí tampoco es solo grasa.

El vientre se infla como un escudo

Un domingo de almuerzo familiar, mientras mi suegra opinaba sobre cómo estamos criando a los chicos, sentí ese ruido sordo y la presión que aparece justo cuando escucho la llave de mi marido girar en la cerradura cada tarde. No era hambre, era otra cosa: es como si el cuerpo, sin pedirme permiso, se armara un escudo blando entre lo que pasaba afuera y lo que más quería proteger adentro. Después de una discusión larga se me queda un gusto metálico clavado al fondo de la lengua, como si hasta la boca se pusiera en guardia, y ese domingo lo tuve ahí toda la tarde, sin haber discutido todavía con nadie.

Esa noche me levanté de madrugada y el piso frío de la cocina bajo los pies descalzos me ayudó a bajar un poco a la tierra. Fui aprendiendo, con el tiempo, a distinguir cada aviso por su nombre propio: la opresión en el pecho no pide lo mismo que el estómago cerrado, las manos que se enfrían de golpe no son lo mismo que el cuello tieso, y el despertar a mitad de la madrugada tiene un ritmo distinto al de cualquier lunes cargado de trabajo.

Pies descalzos sobre el piso frío de la cocina de madrugada, imagen de estrés de pareja

Cuando la discusión sube de tono no es solo la panza la que reacciona, es como si el cuerpo entero encendiera una alarma general al mismo tiempo. Vivir en esa alerta todo el rato también me robaba concentración en el trabajo. Cosas que antes hacía con los ojos cerrados empezaron a costarme el doble.

Hay quien dice que estos patrones vienen de más atrás, de la propia niñez, pero ese hilo no lo tiro en este texto. Lo que sí noto es que cuando por fin hablamos de lo pendiente, aunque sea a medias, el cuerpo afloja antes de que la cabeza se entere. Si a vos también te arde todo por dentro después de pelear, tal vez te sirva leer sobre cómo calmar la acidez estomacal por estrés emocional tras pelear, porque el cuerpo no distingue entre una amenaza real y una emocional.

Nombrar el síntoma antes de que grite

Después de un año de probar de todo, hasta meditaciones guiadas en el celular a las tres de la mañana que me despertaban más de lo que me calmaban con esa luz de pantalla en plena oscuridad, encontré un enfoque que miraba primero el cuerpo. Me anoté en el programa Elimina los Síntomas Físicos de la Ansiedad. No voy a decir que me arregló el matrimonio, porque para eso hacen falta dos personas dispuestas a cambiar, pero me dio permiso para dejar de tratar mi panza como una enemiga que me quería avergonzar con la ropa apretada.

Lo que me sirvió de ese material fue entender que la hinchazón era una señal de que mi sistema nervioso estaba en alerta todo el tiempo. Ahora, cuando siento que el estómago se me empieza a cerrar, me digo a mí misma: 'Patricia, no es la comida, es que te sentís invalidada'. Suena medio vyrorei dicho así, pero ponerle nombre a la emoción baja la presión física. Los ejercicios de respiración no me sirvieron en el momento mismo de la pelea, porque cuando uno está a mil lo último que quiere es contar el aire; ahí prefiero salir a caminar hasta el Paseo La Galería sobre Mariscal López antes de responder cualquier cosa.

Cuaderno y vaso de agua sobre la mesa, hábito para nombrar la hinchazón abdominal por ansiedad

Una mañana la angustia no llegó

Llevaba más o menos seis semanas anotando todo esto en mi cuaderno cuando pasó algo que no esperaba. Me desperté con la pieza todavía a oscuras, faltando poco para las seis y cuarto, y me quedé quieta un momento esperando que llegara esa angustia conocida. No llegó. El cuerpo simplemente siguió tranquilo, como si la alarma de siempre se hubiera tomado la mañana libre.

No sé si esto se repite para todas, pero en estos cuatro años prestándole atención al cuerpo aprendí que las mañanas así no significan que el problema desapareció del todo. Significan que, por un rato, el cuerpo confía en que no hace falta prepararse para nada.

Silueta de mujer mirando por la ventana, reflexionando sobre la ansiedad relacional y su cuerpo

Para la vecina que se reconoce en esto

Nadie tiene que copiar lo que hice yo; cada casa es un mundo y cada cuerpo tiene su propia memoria. Lo que sí sé, después de todo este tiempo, es que ignorar el aviso que da el estómago solo hace que el grito sea más fuerte después. Para mí, el punto de partida fue enfocarme en lo físico, porque era lo único que podía controlar cuando todo lo demás parecía desmoronarse, y si hay una sola cosa que me llevo de este tramo del camino es esa: atender el cuerpo primero no resuelve la pelea pendiente, pero te devuelve el piso bajo los pies para poder enfrentarla.

Si sentís que este malestar te está quitando calidad de vida, o si la angustia ya no te deja ni comer bien, por favor buscá a un profesional de la salud mental; no tenés que cargar sola con esa piedra en la panza. Sigo en Villa Morra, aprendiendo a soltar el aire y a no dejar que las cuentas pendientes del corazón me hinchen el cuerpo entero. A veces sale bien, otras veces la falda vuelve a apretar, pero ya no confundo una cosa con la otra.

Tenga en cuenta: Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.

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