
¿Por qué me agarra la espalda y no otra parte del cuerpo?
Tres preguntas se repiten, casi con las mismas palabras, cada vez que alguien me escribe después de leer sobre mi dolor de espalda por estrés emocional en pareja: por qué me agarra justo la zona lumbar y no el pecho, por qué siempre después de una discusión y no antes, y si eso tiene arreglo sin terapia de pareja. Las respondo acá, con lo que fui juntando en mi propio cuerpo, no con un diagnóstico. Algunos de los recursos que menciono llevan comisión si los comprás desde acá; te lo digo de entrada porque no me gusta que una vecina se entere después.
La espalda baja fue la parte que más aguantó, no porque la ciencia diga que ahí se acumula la ansiedad (de eso no voy a hablar, no es mi tema), sino porque en mi caso era la zona que sostenía todo lo que no decía en voz alta durante el día.
Con el tiempo entendí que era mi forma particular de somatizar el estrés, la que me tocó a mí; otra mujer capaz lo siente en el estómago o en la mandíbula, y no por eso está exagerando.

Lo que probé sin resultado antes de entender el patrón
Antes de aceptar que el origen era relacional probé de todo un poco. Cambié de almohada, probé cremas que dejaban olor a mentol en las sábanas y hasta pensé que el problema era la silla de la oficina del colegio donde trabajo. Nada de eso tocaba la raíz.
Me metí en un grupo de Facebook de mujeres casadas pensando que ahí iba a encontrar alivio, y terminó siendo una competencia de quejas sin salida: cada una contaba su versión peor que la anterior, y yo salía de ahí con más peso en la espalda, no menos. Lo dejé sin culpa, aunque tardé unas semanas en darme cuenta de que me hacía mal.
Mi vecina Nilsa Gaona, que desconfía de todo lo que venga de afuera, me lo advirtió apenas conté que andaba buscando algo por internet: para ella, si no es de acá, no sirve. No le hice caso del todo, pero tampoco la ignoré del todo: aprendí a mirar dos veces antes de gastar tiempo en algo que prometía demasiado rápido.

¿Cómo sé si es tensión física o es ansiedad relacional?
Aprendí, a fuerza de anotar lo que sentía antes de escribir cada entrada, que el cuerpo avisa antes que la cabeza entienda nada; eso lo cuento más despacio en otra nota sobre cómo leer las señales físicas de la ansiedad relacional, acá solo te dejo la versión corta.
No es lo mismo la ansiedad general que anda dando vueltas por cualquier motivo que esta otra, la que se despierta puntual cada vez que mi esposo y yo quedamos mal parados el uno con el otro; la diferencia la fui notando de a poco, y la señal más clara para mí es que esta segunda siempre tiene a mi pareja de por medio, con nombre y apellido.
Hay quien lo nota en el despertar de las tres de la madrugada, hay quien siente que el estómago se le cierra apenas termina una discusión, a otras se les aprieta el pecho y tardan en soltarlo, y a mí, además de la espalda, a veces se me acelera el pulso de golpe, como si el cuerpo entrara en alarma sin avisar primero.
Fue por ahí que llegué al programa Elimina los Síntomas Físicos de la Ansiedad, buscando algo que hablara del cuerpo y no solo de la cabeza. En el foro de esa comunidad de Hotmart coincidí con Ydalba Vera, que al principio dudaba tanto como yo, hasta que los propios síntomas que iba anotando la convencieron de seguir. Lo que ese programa no explica del todo, y que fui armando sola mirando mi propia espalda, es cómo la tensión que empieza en el cuello baja en cadena hasta la cintura cuando la guardia se sostiene semana tras semana; de eso hablo con más calma en la nota sobre dolor de cuello y hombros por ansiedad relacional.

Qué me ayudó a que la espalda por fin aflojara
Lo que el curso me dejó no fue una fórmula para arreglar el matrimonio, fue una forma de separar el dolor de mi espalda del humor de mi esposo esa noche puntual. La parte que menos pude aplicar fue la rutina diaria que proponía, porque entre los chicos, el colegio y la casa, sentarme todos los días a la misma hora es de las cosas más difíciles que hay en mi semana.
Empecé a caminar la Costanera al atardecer, mirando el río hasta que se me acomodaba la respiración, antes de volver a casa a responder cualquier cosa que me hubiera dejado tensa. Ese rato, nomás mirando el agua moverse, le daba a la espalda un descanso que ningún colchón le había dado.
Un lunes, sentada en el banco del jardín del colegio mientras cuidaba el recreo, caí en la cuenta de que llevaba desde el domingo sin sentir ese peso en el pecho que ya daba por normal, y me quedé un rato ahí, casi sin creerlo, tratando de entender qué había cambiado.

Cuándo dejar de intentarlo sola
Nombrar cada síntoma con su palabra exacta, y no solo "me duele todo", fue lo que más me ayudó a distinguir una cosa de otra. Tengo un cuaderno de pastas azules donde anoto lo que noto en el cuerpo antes de sentarme a escribir, ahí en la mesa de casa, con el tereré de hierbabuena al lado como todas las tardes; ahí nació, sin que lo planeara, algo parecido a un glosario de términos de ansiedad.
Sé que buena parte de este peso viene de más atrás, de haber sido siempre la que no se queja, y por eso tengo pendiente mirar con calma el Método RENACE para Empoderar tu Niño Interior; trabajar el niño interior es otra capa, más de raíz, que todavía no encaré del todo.
Cuando las cosas están más tranquilas en casa, también pienso en algo enfocado en la relación misma, como Soluciona tus conflictos como las parejas extraordinarias, aunque para eso hace falta que los dos estemos dispuestos, y todavía no es el momento. Si te reconocés en algo de lo que conté acá, no te quedes solo con mi versión: hablá con un profesional de la salud mental que pueda mirar tu caso puntual, no el mío.